lunes, 3 de julio de 2017

MANOLETE. CIEN AÑOS


En Agosto  de 2007 tuve el honor de ser comisario de una Exposición sobre Manolete al cumplirse entonces el 60 aniversario de su muerte.  Mañana 4 de julio tendremos el centenario de su nacimiento, por lo que he creido oportuno rescatar las palabras que escribí en el tríptico de la convocatoria.  Luego expongo algunos datos que formaron parte de dicha exposición.  

LA ESENCIA DEL TOREO
Manuel Laureano Rodríguez Sánchez

MANOLETE

            El 4 de julio de 1917, en la calle Torres Cabrera, 2-A, nace un cordobés de estirpe torera. Sus padres, Manuel Rodríguez Manolete “El Sagañón” y su madre Angustias Sánchez Martínez, viuda de Lagartijo Chico.
            Manolete hijo, se quedará huérfano de padre, a muy corta edad, en 1923.   El atavismo, tradición, fidelidad, son factores que impulsan su decisión de ser torero, desde muy pequeño. Ni de niño  ni de joven vivirá en la opulencia, pero tampoco será el evitar “las cornás que da el hambre” la razón de su predestinación. Por otro lado, las penas de su madre se le clavaron como un aguijón en el alma, sintiendo la necesidad de mejorar su vida y las de sus cinco hermanas: Dolores, Angustias, Angela, Teresa ,Soledad y tres sobrinas :Dolores, Encarna y Rafaela, hijas de Angustias y huérfanas.
Asumió desde pequeño cuantos sacrificios fueron necesarios para alcanzar la meta de su propio destino. Obediente, silencioso y sumiso le dieron ese predicamento de buen hijo y buena persona. Erguido, escueto, vertical, austero y sencillo desde joven. Parecía salido de los pinceles del Greco o de un personaje de Cervantes. Muy cordobés, en eso que el refrán concreta en “Decirle pan al pan y vino al vino”.
            Doña Angustias le decía siempre “el niño, pasando rápidamente de chaval a muy hombre. No gozó de eso que se llama una infancia feliz.
Vienen luego fechas claves en su corta vida: el primer paseillo en Cabra (1931), su primer traje de luces en Arlés (1933), aparece en su ciudad natal por primera vez en novillada con picadores (1935), recibe la alternativa en Sevilla (1939), figurón del toreo (1940), las grandes faenas (1941), su tauromaquia en la cumbre (1943), con Arruza (1945), América (1946) y Linares (1947). Todo en un abrir y cerrar de ojos.


Pero quién fue Manolete; Hombre nacido entre guerras, fuera del toreo  casi nada le importaba. Patriota nato, apolítico, no aduló a nadie que ostentara poder, ni mostró la mínima inclinación por una ideología concreta. Respetó al Régimen y a los republicanos exiliados en México, su camisa  no era azul ni roja, y sí blanca y limpia. Asistía por igual, con la misma naturalidad a homenajes que le brindaban esclarecidos literatos que modestos aficionados.
Como torero, el más intenso de todos los tiempos, ese era su toreo, las esencias. Torero sin ninguna adherencia barroca. Se miraba al espejo y dedujo que tenía que acomodar el toreo a sus inexpresivas hechuras de torero. Dedujo que la recta era la línea del camino que estaba decidido a recorrer. Paró los toros como nadie, mejor diremos se paró más que los demás. Basándose en esta esencia, logró imprimirle carácter a su propio sentido del temple. Comprendió que no era preciso mover los pies, pues bastaba para torear con sincronizar el deslizamiento de los brazos con el ritmo de las muñecas. No necesitó que nadie le enseñara como se deben matar los toros. En la estocada el alfa y la omega de Manolete. Córdoba lo alumbró, Sevilla lo lanzó y Madrid lo universalizó.




































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